miércoles, 28 de enero de 2015

Por esto de las navidades, se hacen y reciben llamadas de amigos con quien hace tiempo no hablas.


 Hace unas  semanas  me llamó uno al que aprecio mucho  y hacía tiempo no hablábamos. La última vez que estuvimos juntos en verano quedamos en la terraza que hay debajo de su oficina a tomar café a mitad de la mañana. La terraza acristalada nos permitió  uno de esos encuentros tranquilos que hemos tenido algunas veces. Volvimos a hablar de esas cosas que por teléfono se tratan más superficialmente, de los niños, de las notas de los niños, de amigos comunes, de los planes para ese verano, del negocio y de algunas cosas más personales. En nuestra despedida ese día me dijo que su pareja le curioseaba el móvil con frecuencia y había visto el mensaje para vernos y que como siempre está muy suspicaz con todo, que casi era mejor evitar que lo supiera. De acuerdo dije, no te preocupes.

Cuando el otro día volvimos a vernos volvió a insistir: Es mejor que no sepa que hemos hablado, se preocupa mucho pensando que comentamos sus cosas y sufre inútilmente, lo pasa mal y luego lo pagamos todos innecesariamente.

Me sorprendió esta vez  la petición, casi nunca hacíamos referencias a cosas de su mujer, pero no dije nada, aunque si me hizo reflexionar sobre un tema que he tratado en muchos momentos con mis clientes en la consulta.
Buscamos significados en las cosas que vemos, leemos o vivimos en referencia a nosotros mismos y nuestra forma de interpretar el mundo, pero no siempre es así como lo vemos.
El psicólogo Chris Argyris llamó a este proceso “la escalera de la inferencia”, un proceso por el cual, a partir de ciertos datos seleccionados, asignamos un significado a ciertos eventos, y basándonos en nuestras creencias, extraemos conclusiones que guían nuestras acciones. Hacemos estas operaciones diariamente, cientos de veces sin darnos cuenta, y sin darnos cuenta a veces que son errores de interpretación.

 Subo de la planta 2 a la 3 de mi oficina y me cruzo con un compañero con el que ayer en una reunión tuve una discrepancia e inmediatamente supongo que está enfadado conmigo solo porque ayer tuvimos ese desencuentro, y no soy capaz de alejarme de ese pensamiento y buscar la posibilidad entre otros de que puede que no me haya visto.
Una amiga hace un comentario sobre un peinado y pienso que se refiere al  mío, sin pensar que es posible que en su cabeza estén los de otra persona.
Alguien habla de algo o leo una nota de alguien sobre un tema y no me paro a pensar sino que es por mi por quien hacen el comentario, sin ver cinco líneas más abajo que otra persona también se lo ha atribuido, y que puede que no sea ni para una ni para otra, sino una concatenación de detalles de diferentes escenarios que nada tienen que ver con ninguna.
Y esa información en la que nos fijamos está filtrada por nuestros juicios previos. A las personas nos gusta que lo que llamamos “la realidad” sea coherente con nuestros esquemas, con lo que siento y he construido en mi mente durante meses y meses, y esto nos hace inferir que lo que ocurre responde exactamente a ese esquema mental que poseemos, que se ha ido configurando a lo largo de nuestra existencia según nuestras experiencias concretas, miedos, deseos, incidentes etc…, y busco a otras personas que me los refuercen y den la razón dándoles solo aquellos detalles que yo he valorado como certeros.
Una inferencia no es una realidad, sino un simple producto del pensamiento pero al que damos el mismo valor que a la realidad.
El proceso que sigue nuestra mente parte de que:
  1. Seleccionamos de todo lo que ocurre ciertos datos y no todos los que existen.
  2. Interpretamos lo seleccionado y construimos con nuestras palabras una historia que explica el significado que los datos seleccionados tienen.
  3. Nuestra mente explica la situación estableciendo relaciones de causa y efecto.
  4. Se decide cuál es la respuesta conveniente a la situación. Aquí es cuando elaboramos una respuesta emocional para ese momento.
Puede parecer un proceso lineal, pero en realidad es más un proceso circular en donde las emociones generadas en el último peldaño influyen directamente en la selección de datos que vamos a realizar a partir de entonces. Es como arrastrarse por las emociones sin abandonarlas.

El único antídoto contra los malentendidos y enfrentamientos a que da lugar el uso de inferencias es detectarlas tan pronto como aparecen en la conversación y examinarlas despacio, quizás contrastarlas.

Y esto es muy simple, basta con primero reflexionar que se ha detectado una posible inferencia, y segundo, pedir a la persona que emitió cierta información la confirmación de que efectivamente de eso se trata y no de otra cosa. El tercer paso consiste en descender la escalera de inferencias, viendo qué datos se han usado para llegar a la conclusión a examen. Así, se tiene oportunidad de repasar conjuntamente todo y valorar si son incompletos o si se han interpretado de una forma equivocada.

Las implicaciones de esta escalera de razonamiento condicionan lo que hacemos y lo que sentimos. Nuestros actos son la consecuencia de ella. No somos en muchos momentos capaces de encontrar otras maneras de pensar, interpretar o preguntar, de hacer valoraciones fuera de nosotros mismos, otras forma de ver los acontecimientos que nos alejarían de las atribuciones en muchas ocasiones negativas sobre los hechos.
Con las premisas únicas se ciega la posibilidad de generar nuevas conversaciones que permitan, no solo identificar realmente si lo que se ve tan claro es la causa real de las situaciones, sino que además y en función de la información que de esta nueva conversación se derivara, podríamos influir positivamente en algún cambio de comportamiento.
Los enemigos no existen, solo existen los malentendidos mal encauzados. Por eso cuando malinterpreto me causo un daño innecesario que se resolvería preguntando ¿es así como lo he interpretado?

Y dejo encima de la mesa para pensar y a quien pueda malinterpretar lo que oye, lo que lee, lo que piensa, lo que le dicen… que se siente y  pregunte.
Mila Guerrero
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Publicado el miércoles, 28 de enero de 2015 a las 13:42 por Unknown

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lunes, 26 de enero de 2015

 
El arte de formar y emocionar a través de las historias.
 



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Publicado el lunes, 26 de enero de 2015 a las 8:54 por Unknown

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domingo, 25 de enero de 2015


El coaching surgió en el mundo empresarial español como una herramienta de crecimiento y desarrollo profesional  con la que superar dificultades laborales, encontrar nuevas perspectivas, hasta entonces desconocidas, adquirir el desarrollo de determinadas habilidades o alcanzar áreas de mejora profesional. 
Antes de la irrupción de la crisis se estaba convirtiendo en un proceso de Desarrollo que a través de programas, mayoritariamente externos, cobraba vida en las Empresas de nuestro país. Sobre todo porque conseguía buenos resultados. Alumbraba el camino de forma individualizada y "ad hoc" a cada directivo o profesional, marcando así una distancia importante con aquellas acciones formativas para el desarrollo de habilidades gerenciales que lo hacían de forma colectiva. La formación se había convertido en el “café para todos”, con grupos en ocasiones heterogéneos, con diferentes niveles y objetivos no alineados. Así en la mayoría de los casos, los resultados de aprendizaje  eran pobres y la transferencia al puesto de trabajo, paupérrima.
Por contraposición el coaching ofrecía programas totalmente individualizados y  ayudaba a los coachees  (sus clientes en definitiva)  a trabajar one to one con sus áreas de mejora. Los precios también estaban en consonancia con ese entrenamiento (volviendo al origen de la palabra coach) y se pagaban altas  cantidades por sesión.

La fuerte recesión económica, que llegó a nuestras vidas a partir de 2007, fue poniendo las cosas en su sitio. Desaparecieron algunas empresas de formación, que apenas ofrecían valor añadido y el precio de las sesiones de coaching empezó a ajustarse.

En mi entorno personal y profesional tengo amigos coach y he descubierto, no exento de cierta sorpresa, que el coaching sigue teniendo tirón entre los profesionales españoles, a los que ni siquiera la crisis ha desanimado para buscar a esa persona que les pueda ayudar en su crecimiento, tanto personal como profesional. Conozco incluso personas que dado que sus Empresas no contemplan  estos programas dentro de sus planes de desarrollo, recurren a un coach y se lo pagan de su bolsillo.
Sin embargo, a donde quiero llegar es al contenido de esas sesiones de coaching. Que si bien en la mayoría de los casos se plantean como coaching ejecutivo, derivan con frecuencia en coaching life.
Me explico,  si bien el objetivo inicial es tratar casos relacionados con el entorno profesional, tales como alcanzar nuevos horizontes profesionales,  superar dificultades con el equipo, solucionar problemas de cohesión, superar resistencias al cambio, etc., lo cierto es que se acaba hablando de muchos aspectos personales: La falta de comunicación, la pérdida de valores, y en definitiva, la soledad.
Sorprende analizar esas sesiones  y comprobar que en ocasiones el coachee sólo necesita que alguien le escuche, percibir una auténtica escucha activa o verbalizar sus dificultades. Se convierte así el coaching en un tipo de terapia light que, en parte, desvirtúa su esencia.
Pero ¿qué se puede hacer en estos casos? Creo que escuchar con respeto, y tal vez nada más.
La gente vive momentos de desánimo,  la situación económica, el fuerte nivel de desempleo, los casos de corrupción, los desahucios, la inseguridad en el futuro....  Todo eso hace necesario un cierto apoyo, casi cariño, de alguien con quien compartir esas cuitas, que si no se manifiestan hacia el exterior, se pueden convertir en un molesto agujero interno, que no nos deja salir a flote.
Si los coachs asumen ahora esa función, ¡bienvenida sea!. Espero y confío que este clima de desánimo en el que nos encontramos inmersos, necesariamente pasajero, lo superaremos  y las aguas volverán de nuevo a su cauce.
Juan F. Bueno



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Publicado el domingo, 25 de enero de 2015 a las 19:42 por Unknown

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martes, 20 de enero de 2015

 

A lo largo de la vida profesional se conoce a muchas personas Y cuanta más larga es la vida profesional, mayor es el número de personas con quien se ha tenido la oportunidad de interaccionar. Algunas que son un honor y un placer, tanto por lo que saben cómo por lo que comparten, y otras…. más limitadas, más cicateras, poco dispuestas a entender que el saber y el conocimiento es un recurso ilimitado, y que no se gasta, no se agota, al contrario se multiplica y que precisamente lo hace por la interacción con los demás.

 


 
Recuerdo desde pequeña una frase de mi abuelo (un hombre hecho a sí mismo, de condición humilde, que todo lo logró a base de esfuerzo y estudio) que me decía “únete siempre a la gente que sabe, porque algo te quedará”. Y reconozco que ese Mentor, tan querido por mí, atesoraba una sabiduría infinita y una enorme generosidad. Ese es el espejo en el que me gusta verme reflejada. Son valores que trato de inculcar en mis hijas porque intuyo que sobre ellos se podría sustentar una sociedad mejor, un mundo mejor.
 
Mi añorado "papi" (un referente para todos sus nietos) era un lector empedernido y muy aficionado a la escritura y reflexiones de Antonio Machado, y le gustaba usar a veces sus citas para ilustrar o explicar ideas que en palabras del gran poeta sevillano adquirían otro realce. Esta es una de las que recuerdo: “en cuestiones de cultura y saber sólo se pierde lo que se guarda; sólo se gana lo que se da”.
 
Todos estos pensamientos se agolpan en mi cabeza cuando recientemente he encontrado personas que proclaman justo lo contrario y que se atreven a reprochar agriamente a otros profesionales que usemos las mismas herramientas, porque tratan de diferenciarse a través de ellas. Pero cuidado, no hablo de personas que sean creadoras de esas técnicas o herramientas, ¡No! son simples usuarios o consumidores, como tú o como yo, pero que tienen la infinita osadía (aunque quizá haya que utilizar la palabra ignorancia) y la desfachatez de recomendarte el no uso de determinadas herramientas, porque las utiliza su Empresa.
 
La primera reflexión que a uno le viene a la mente (absurda, como no puede ser de otra manera) es ¿habrá adquirido el copyright de esas herramientas?. Y cuando se van desgranando, una a una, las técnicas y herramientas  en cuestión, se acaba concluyendo que a veces la paranoia, la ceguera, la falta de miras, la inseguridad, en definitiva la falta de profesión, es lo que motiva a determinadas personas a apropiarse de herramientas de uso común.  
 
El conocimiento es un bien público y si alguien lo entiende de otra manera, simplemente ya no está en este mundo. ¿Cómo se puede alguien querer apropiar de herramientas como los Mapas Mentales (Tony Buzan, su creador, estará encantado de su uso y difusión); el Mentoring; el Coaching ejecutivo; Coaching de equipos; Storytelling; el Brain Gym,  la Psicología Positiva; el Neuromanagement; la Inteligencia Emocional aplicada a las organizaciones (que hubiera ocurrido si Daniel Goleman no hubiera compartido el resultado de sus estudios e investigaciones?); el Diagrama de flujo; SCAMPER (su creador Alex Osborn ¿qué preferirá: que se difunda y se utilice o que se guarde en un cajón?); el Pensamiento lateral (si Eduard de Bono lo hubiera guardado en secreto todos seríamos un poco más ignorantes); el Team building; Neuroliderazgo; Aprendizaje emocional; la creatividad en la toma de decisiones;  y qué decir de todas las últimas tendencias relativas al trabajo (worknetting) o Aprendizaje colaborativo que está en la base de verdaderas relaciones profesionales. En fin, la lista podría ser larga.
 
Stephen Covey lo llama en su famoso libro “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”, “el principio de la abundancia”, y se basa en que hay demasiado conocimiento para compartir, éste es infinito y se multiplica de forma permanente (sólo hay que echar un vistazo a Internet). Por lo tanto sentirse amenazado y tratar de esconder lo que uno hace como cuando era pequeño y se tumbaba literalmente encima de su examen para que el compañero de pupitre no pudiera copiar, es simplemente mezquino, propio de mentes cicateras e inseguras y cuyo recorrido profesional está abocado al fracaso.
 
Nuestro conocimiento está estrechamente ligado a nuestra identidad, a nuestra idiosincrasia y precisamente la riqueza está en cómo cada uno de nosotros, le ponemos nuestro propio sello profesional y personal. Por último  es importante mencionar que cuando una idea o herramienta me interesa porque es de calidad y le veo aplicación en mi trabajo quiero ser parte activa en su difusión, conocimiento, aprendizaje, en definitiva, en su éxito. Y si alguien cree que el conocimiento, la ciencia o el saber es de su propiedad y no desea compartirlo, incluso tiene la osadía de prohibirlo, me temo que su sitio está en un paraje muy alejado y solitario…. Tal vez la Pampa argentina, un desierto australiano o la sabana, pero no el mundo real que nos ha tocado vivir.
 
 
Acabo como empecé, recordando a mi abuelo y aquella frase que, hoy más que nunca, es un lema: “únete siempre a la gente que sabe, porque algo te quedará”.

May Ferreira

 
 



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Publicado el martes, 20 de enero de 2015 a las 12:44 por Unknown

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sábado, 17 de enero de 2015

Quienes os quedasteis con ganas de conocer el desenlace de la historia que comenzó en un artículo anterior, bajo el título "Erase una vez", aquí tenéis la segunda entrega de la historia.

Si queréis recordar el comienzo de la historia, hacer click en el siguiente enlace:
Volvieron ambas apesadumbradas a la oficina y sin las ideas muy claras sobre lo que tenían que hacer, pero sabiendo que no podían ignorar el problema al que se enfrentaban.
Ambas dlijeron: "Hoy no vamos a hacer más al respecto. Lo consultamos con la almohada y mañana nos reunimos para aclarar nuestras ideas".




Con ese pensamiento acabaron su jornada laboral. Mariquita Risueña se fue directa al colegio a recoger a sus hijos que estaban en el horario prolongado, pues nunca conseguía salir a su hora.


Carmen Dichosa (la astuta jefa de formación) se fue al gimnasio, al que acudía en horario nocturno para no fallar a sus clases de zumba.


Acabadas las actividades y antes de irse a dormir, ambas estaban dándole vueltas a cómo encauzar la situación.
Mariquita Risueña compartió su preocupación con su marido, que trabaja como apoderado en una prestigiosa entidad financiera.  
Su marido le comentó que ellos habían tenido un Jefe de las características del Gran Ogro Pepe, que les hacía la vida imposible a todos. También se hacía daño a sí mismo, incluso físico, ya que en medio de una de las numerosas broncas que dedicaba a su equipo con frecuencia, sufrió un ataque al corazón, que no se le llevó al "otro barrio" porque estaba en forma ya que acudía al gimnasio todos los días a descargar la adrenalina que aún le sobraba tras las agitadas y maratonianas jornadas de pelea continua.
No se sabe si es porque le vio las orejas al lobo, o porque tuvo mucho tiempo para reflexionar (estuvo casi seis meses de baja y sin contacto alguno con el banco) pero a la vuelta estaba cambiado.
A su regreso al trabajo, el primer día, convocó a su equipo. Les agradeció el esfuerzo realizado por ellos durante su ausencia, al que tuvieron que suplir, porque no fue sustituido durante su baja. Y además lograron cumplir los objetivos del año.  La gente no salía de su asombro, pero nadie hizo comentario alguno al respecto.




El, viendo las caras de extrañeza se adelantó a sus pensamientos  diciendo "no os esperabais este comentario"; “Os voy a hablar de algo que me ha sucedido durante estos seis meses de baja, primero en el hospital y después en casa”. 


-“Me pusieron un tratamiento muy estricto, tanto en la dieta como en el ejercicio. Comida sin sal, sin grasa. Nada de alcohol, ni fumar, vamos, vida de cartujo. Y en cuanto a hacer ejercicio, solo bicicleta en casa y muy suave. -Yo, un hombre de acción, haciendo vida de damisela acatarrada-. Sólo pensarlo me volvía loco. Las primeras semanas no dejaba de gruñir y protestar por todo, pero poco a poco la tensión empezó a bajar de forma casi imperceptible. Las horas se sucedían unas tras otras casi vacías, con mucho espacio para pensar. Y así muy poco a poco me fui dando cuenta que me sentía un poco cansado de mí mismo, de mis brusquedades, de mis gritos, de mi impaciencia. Empecé a observar lo que ocurría mi alrededor, tratando de ver a las personas con paciencia y con unos ojos más tolerantes. Lentamente me fui dando cuenta que a medida que estaba menos agitado y mi carácter era menos antipático y regañón también me encontraba menos cansado físicamente y más positivo.
Finalmente, cuando ya me encontraba más recuperado, mi hija me recomendó hacer un programa con un Coach que me ayudara a reorientar mi carrera tras este forzoso parón. Bueno, y aquí estoy. Basta de palabrería y a trabajar!”



Luis Fugaz, el marido de Mariquita Risueña compartió con ella la historia de su jefe mientras ésta le miraba ensimismada, pero de pronto se percató: “un cambio así es conmovedor, pero ¿qué necesitamos, un infarto para mi jefe, o una enfermedad terminal para que comprenda que no puede seguir así?”. Luis le sonrió a su esposa, entendiendo su desazón: ”no, replicó, para una persona con el carácter de tu jefe me parece muy buena idea que haga el curso de la Escuela del Líder que Guía tu Camino”. “¡pero cómo se lo podemos plantear siquiera! El sacó mención de honor en la Escuela de Ogros”. Luis Fugaz, sin perder su proverbial serenidad le sonrió a su esposa afirmando: ”vuestra única posibilidad es mostrarle que con ese curso obtendrá algún beneficio duradero e importante para él”.


Carmen Dichosa atendía una llamada telefónica cuando Mariquita entró como una exhalación en su despacho: ”tenemos que hablar con el Gran Ogro Pepe, tiene que hacer el curso, le tienes que convencer”. De forma atropellada Mariquita le contó a Carmen todo lo hablado con su marido. A ésta se le iluminó la mirada: ”creo que tengo el argumento para convencerle: estuve viendo la lista de asistentes a la próxima edición y están los jefes de las más importantes empresas del país. Le diré que es una ocasión única para él para poder hacer networking”.
Carmen salió resuelta hacia el despacho del Ogro. En ese momento Elvira Hacendosa, la controller salía dando un portazo y musitando “este hombre es insoportable”. Carmen recibió una fiera mirada a modo de buenos días, pero iba decidida a no amilanarse y sin ser invitada a hacerlo decidió sentarse y utilizar todos sus argumentos para aplacar el agrio temperamento de su jefe.
Por la cristalera Mariquita Dichosa y Luisa Humana miraban con incredulidad cómo los insistentes braceos del Ogro fueron tornando poco a poco en una conversación normal en la que se movía con rapidez, como era normal en él, pero ya no daba sus famosos puñetazos en la mesa. “los argumentos de la Jefa de Formación están funcionando”, pensó Mariquita.



Carmen salió sin poder disimular su satisfacción y dirigiendo su mirada a Luisa, le dijo: “por favor, llama a la Escuela del Líder que Guía tu Camino y pídele a la Sra. Clotilde Inspiración que matricule a nuestro jefe en el curso El líder coach que empieza la semana próxima”.

Continuará….
Juan Bueno
  



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Publicado el sábado, 17 de enero de 2015 a las 0:36 por Unknown

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jueves, 1 de enero de 2015

ESCENA 1
 
No hay tablones suficientes para montar esta mesa, hay de todas las edades, de todos los sexos, de todas las alturas, y todos nos preguntamos a quien se le ha ocurrido poner los tablones así. Entonces se mueven una, dos, tres, cuatro veces y la definitiva es idéntica a la que se había compuesto al principio y sigue sin cubrirse con los manteles todo el territorio.
 
Yo procuro sentarme cerca de la ventana, hace un calor horrible con tantas personas y este año me ha tocado tener en brazos y dar de comer al hermano mayor, el de dos años, de la sobrina de mi marido que tiene ella uno de tres meses en su regazo.
 
El niño come croquetas como si fuera una trituradora, y cada vez que termina una, gira la cabeza me sonríe y dice “ota”, yo no escatimo en mimos, y ahí va otra de jamón y huevo duro. Aunque su madre me ha pasado una chaquetita por si tiene frío, me apiado del pequeño y me resisto a cocerlo en la bechamel que se está metiendo en el cuerpo, el pobre lleva camiseta debajo de su camisita de Zara, y tiene las mejillas del color de la última lava que salió del monte Ontake.
 
Se habla de todo, no se termina ninguna conversación, hay un ruido infernal, un olor a mezcla de comidas casi vomitivo, pero veo muchas caras sonrientes, algunos gestos torcidos, mi marido parece contento charlando, mis hijos jugando; un poco de paciencia, quizás merece la pena estar aquí este rato, se pasará rápido, así que: “¿ota croquetita cariño?”, así no cenas.
 
ESCENA 2
 
Este año me toca Nochebuena con la familia de mi mujer y Navidad y Año viejo con la mía, me parece que es así. De lo que si estoy seguro es que en la mesa que sea, me va a tocar otra vez con el hermano medio bobo de mi mujer, me lo ponen siempre al lado. No habla, no es que sea mudo es que nunca dice nada ni interesante ni poco interesante, nadie se extraña de que se haya quedado soltero. Deben pensar todos que yo también soy medio lelo y por eso me lo calzan o quizás me castigan así por haberme casado con su hija. Al cuñado listo le ponen al lado de su mujer y mi suegra, y me mira como diciendo “ale otra vez te ha tocado al lado del hermanito…”, y yo le miro diciendo, “sé con quien se la pegas a mi cuñada”, es la escena de Duelo de Titanes.
 
Lo que si hago es la guerra fría poco a poco, por ejemplo si mi cuñada, la lista, ha hecho canelones este año e insiste que son muy sofisticados porque les ha dado un punto con nuez moscada, (ella sabe de todo), yo digo que la nuez moscada tiene un componente cancerígeno y así bloqueo gran parte de las alabanzas de los susodichos canelones. Aunque mi santa dirá inmediatamente que eso es una idiotez de las mías, que no tengo ni idea y que me lo he inventado, con eso puede defender a su hermana allí mismo, aunque en casa piensa otras cosas, como que… para canelones ¡los suyos!. Inmediatamente yo animo a que se los coman y noto el miedo pasear por los platos. Es la mejor sensación que voy a tener en esa mesa tan familiar. También procuro que el hermano bobo pida repetir de canelones, para que mi mujer le diga en alto alguna bordería de las suyas aunque esas no lleven nuez moscada, es especialista en ellas, y quede como más bobo aún de lo que ya es. Es el momento en el que algún dardito entonces empieza a volar por encima de los polvorones como si fuera  deporte olímpico.
 
Miro a mis hijos bastante aburridos, porque no les deja la game el hijo de la canelones,  tiene muy mala leche ese niño. En cuanto diga uno que ha quedado con sus amigos yo soy el voluntario que quiero hacer el trayecto. Y pensar que el año pasado fue igual y el próximo será lo mismo…
 
 
ESCENA 3

No haber estado todo el año con ellos, hace que esta cena de navidad sea LA CENA. Estamos todos, de todas las familias, de la mía, de la suya, los amigos míos, los suyos, los amigos de alguien deben ser esos que entran ahora, el abuelo está encantado con los boleros que suenan … a esos no los conozco, debe ser la madre de alguien, ha venido hasta un exmarido y eso que ya hay un medio novio más joven que le hace la competencia. ¡¡¡¡¡Da igual!!!!!, creo que no estamos celebrando fin de año, estamos celebrando que estamos todos bien, que podemos estar  juntos, que todo lo que ha pasado en el año no tiene la menor importancia porque en este momento estamos aquí. El cava no es catalán por reivindicación de alguien y acaba de llegar uno de Barcelona, se me había olvidado, le invitamos porque estaba solo estos días. Espera que seguro que hay un fuet en la nevera que lo sacamos en la bandeja con el turrón para que se sienta bien y crea que a nosotros lo de la independencia nos parece tan rica como la butifarra.
 
Me abrazo con el final de las campanadas a quien hace mucho que no veo, a con quien estuve muchos días, a mi madre a mis hijos, y al buenorro por supuesto. Sé que es una noche más pero me gusta tener a todos en casa disfrutando, me gustan estos momentos y recuerdo a quien no está y me hubiera gustado que estuviera conmigo, pero estará bien seguro. Para evitar la melancolía salgo un momento a la terraza a ver los fuegos artificiales del barrio, que cada año son mejores, alguien se me acerca por la espalda, nos miramos, sonreímos y le digo cuanto me gusta que este aquí hoy, y ella me dice ¡¡¡ que suerte tienes siempre, que macizo está!!!. Un petardo le ha impedido oír mi comentario.

Mila Guerrero
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Publicado el jueves, 1 de enero de 2015 a las 22:47 por Unknown

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